26 de febrero de 2013

En el centro del universo

Justo en el centro del universo se encuentra una pequeña piedra marrón, un poco sucia, que será fundamental a lo largo de este relato. No digo “aproximadamente en el centro” ni “bueno, no justo ahí pero cerquita”, sino en el preciso centro geométrico del universo, equidistante de todo el perímetro que la circunscribe. Este dato pierde espectacularidad cuando se aclara que, al ser infinito, todo lo que hay en su interior se encuentra en su centro… excepto las fronteras del cosmos, que nadie sabe dónde deben de estar pero que seguramente acabarán apareciendo en alguna oficina de objetos perdidos junto con muchos paraguas negros de mango marrón.

Esta pequeña piedra marrón es interesante porque ha sido la causa de las polémicas más tremendas que ha habido en el universo depositado a su alrededor. Durante las larguísimas sesiones de debate unos han defendido la postura de limpiar este apestoso pedrusco por el bien de quienes la tienen al lado mientras que el otro bando, formado por ecologistas y amantes de la naturaleza, se oponía a la higiene. Consideraban que detrás de estas ansias había realmente motivos estéticos y que éstos no justificaban el exterminio de los seres vivos que habitaban en esa piedra pequeña y marrón.

Para empezar a crear una tensión dramática en este relato vamos a llamar a esta piedra con el nombre que sus indígenas utilizaban: “planeta Tierra”.

Si esta asamblea universal de alienígenas hubiese dejado de discutir sólo durante unos minutos y hubiese intentado meterse en la piel de los terrícolas, si hubiese intentado entender su punto de vista, su día a día, sus alegrías y sufrimientos… se habría puesto de acuerdo en limpiar ese planeta cuanto antes por motivos humanitarios. Sin embargo, lo cierto es que ni conocían ni les quitaba el sueño el inaceptable estado de supervivencia de aquellos diminutos seres, por lo que el debate se alargó durante ciclos e incluso periodos hasta alcanzar una decisión tan humanitaria como cruel (o en otras palabras, burocrática) que pudiese satisfacer a ambas partes.

Ayer una familia de fleterpatos de Qwuh pudo ahorrar lo suficiente para ir al museo (afortunadamente aprender no estaba incluido en el precio de la entrada). Atravesaron sala tras sala contemplando maravillas como el planeta-cascada de Poorgoos, las puertas goldadas de Antonali (el satélite, no la constelación), los soles cúbicos de la desafortunadamente llamada Galaxia Racista… hasta cruzar un estrecho pasillo sin paredes que les llevó a la habitación en la que oscilaba lentamente el Sistema Solar.

Las sombras de los planetas se deslizaban suavemente sobre las paredes, suelo y techo proyectadas desde un Sol amarillo que parpadeaba, incandescente, de manera no periódica y casi inapreciable. El padre de familia leía un letrero que acompañaba al Sistema (el texto había sido redactado apresuradamente y sin talento, aunque de todos modos este señor no entendió la mayoría y olvidó el resto) y la madre fue a buscar sin éxito un asiento cuando el niño se acercó a una pequeña piedra marrón, un poco sucia, que a pesar del desplazamiento espacial seguía situada en el centro del universo. El niño se rascó el pico con un tentáculo, barritó, la miró más de cerca y dijo:

- Bah.

1 comentario:

Rocio dijo...

muy original, gracias por compartir la historia de ese planeta ínfimo